“Cuando el espectáculo termina y el actor sale a recoger el aplauso, no puede evitar pensar: “todo esto es gracias a mí”; el director que está sentado en el patio de butacas pensará en ese momento: “todo esto es gracias a mí”; pero posiblemente también se encuentre un productor sentado justo al lado y piense que todo eso fue realmente gracias a él.” (Jesús Cimarro, productor teatral)[1]

La figura del productor teatral como responsable de la ejecución del proyecto teatral y ajeno a las labores de actuación o dirección no aparece hasta principios de s.XIX. Así, se pasó de la dirección del autor de su obra, en la antigua Grecia, a la hegemonía del actor que prevalecerá hasta finales el romanticismo. Durante ese periodo, empieza a resurgir la figura del director de escena. Sólo entonces puede hablarse de una dirección escénica que supera los límites del texto, la interpretación y la fidelidad histórica.

Es cierto que se pueden encontrar paralelismos con la figura del mecenas que facilitaba el hecho teatral y el noble que mantenía su propia compañía que ejecutaba teatro palaciego para el entretenimiento de la corte. Pero es desde el nacimiento del sector privado capitalista donde surge la figura del productor teatral tal y como lo conocemos hoy.

“Ciertamente  hubo siempre, desde la Grecia antigua, un cierto remedo de dirección que se limitaba frecuentemente a una toma de decisiones sobre aspectos económicos, de vestuario, de fabricación de los elementos decorativos e incluso de la programación, pues es sabido que se entremezclaban obras complementarias entretenimientos para los descansos e intermedios musicales como para acompañamiento de la obra principal.” (Cid y Nieto, 1998)

En España, como en otros países del entorno, hasta casi principios de siglo XX, las tareas relacionadas con la producción las desempeñaba casi en exclusiva el director, o en su defecto, el asistente del mismo. Por tanto, la figura del productor es poco conocida y a veces difusa, aún dentro de las artes escénicas. La definición de la disciplina y su campo de actuación se ha emancipado recientemente de la dirección escénica y se encuentra aún en continua transformación.

“No es que el rol del productor no existiera antes, sino que no era autónomo. Diversas personas se encargaban de cumplir esa tarea, pero ante la creciente demanda de aspectos que no todos parecen querer o poder resolver, el productor comenzó a tener autonomía. De esa manera empezaron a surgir personas que entendían que tenían esas habilidades y capacidades de resolver problemas, y las cooperativas empezaron a agradecer la emergencia de la autonomía”. (Fabrica, 2006)[2]

 

 Pero si la figura del productor puede considerarse bastante moderna, su inclusión en los planes de estudios artísticos es más reciente aún, encontrándose estos en la constante búsqueda de interrelaciones con otras ciencias, tanto del campo de la expresión dramática, como de la gestión y administración.

[1] Cita recogida directamente por la investigadora en el taller impartido por Jesús Cimarro y César Oliva sobre Producción Teatral dentro de la programación de Cursos de Verano impartidos por UNIA en la sede de Baeza, (verano de 2006).

[2] En entrevista realizada por Edith Scher (2006): Los nuevos productores para la revista digital Alternativateatral.